martes, 15 de noviembre de 2011

Thank you for smoking

Ella es copiloto, como tantas veces fue. Conoce ese lugar a la perfección: cómo se ve, qué olor tiene. Ella adelanta el asiento que algún "otro" usó y quedó demasiado atrás. Ella supo ser copiloto en serio, y también de mentirita, como ahora.
Él maneja. Callado, como siempre. Pone los cambios con violencia, acelera de golpe, frena de golpe... ella ya sabe.
De pronto un sonido nuevo, que ella conoce de otros lados, de otras situaciones, de otros rumbos. Lo identifica y se calla. Y ni mira, pero el humo de esa grieta se hace ineludible, y no queda otra que respirarlo. Un sólo click del encendedor bastó para codificar la ausencia.
Él ya no es él y ella ya no es ella. Él fuma un cigarrillo y a ella se le agolpan las lágrimas en los ojos. En ese tabaco también se quema lo que fueron él y ella. Se queman miles de situaciones en fast forward, de golpe, sin pausa. Cinco pitadas locas que hacen brillar la ausencia tanto, tanto como el féretro en un funeral.
Ya sabían que había una hoguera, y que poco quedaba ya que quemar. Ella venía arrojando cosas al fuego con ansias de verlo extinguirse de una buena vez. Él, en cambio, solía contemplarlo dubitativo: a veces resignado, a veces combativo. Nunca tiraba nada... se quedaba allí, mirando sin esperar ni dejar de esperar nada. Sin embargo, ese día en el que se comprendieron de mentirita como tantos otros, que compartieron ese espacio conocido haciendo el "paripé"... ese día él prendió un cigarro y avivó el fuego.
Ella sabía como eran las cosas. Sabía que tarde o temprano (y esperaba que temprano) la borra iba a dejar de flotar para decantarse en el fondo. Hacía rato que él no era la musa de sus sueños arrebolados. Hacía un tiempo que ella escribía otros nombres en los en los vidrios empañados de la ducha. Ya no dolía ahí, ahora dolía en otros lados.
Entonces ella supo ver cómo su figura (la de él), alguna vez tan protagónica en su historia, se ubicaba cada vez más cerca del punto de fuga. Extinguiéndose lentamente, o rápidamente... tanto como dura en quemarse un cigarrillo.




viernes, 11 de noviembre de 2011

La hilacha

Creo que ya me embolé de escribir reflexiones profundas y filosóficas de la vida.
Es más, lo leo y me da asquito... me aburre. Debe ser porque todavía me dura la calentura, el enojo, o quizá porque percibo que por más que me ponga a remodelar este blog agregándole chiches de toda clase y color, lo que necesito es un cambio más profundo, valga la redundancia.
Sí, basta ya de todo... basta de enredarme en laberintos ajenos, en hacerme problema por nimiedades y sobre todo, basta de olvidarme sistemáticamente de que tengo todas las de ganar, y encima estoy re-buena. Jajajaja. No, en serio... en este momento yo soy la única fuente medianamente creíble que le puede brindar esa preciada información a mi cerebro. Y lo necesito, porque si no, salgo a la calle creyéndome una cucaracha y tampoco es cuestión. Sí, muéranse de risa, pero al pan pan y al vino vino.

La razón de mi enojo: la hilacha.
La hilacha, tarde o temprano la mostramos todos. Pero hay hilachas e hilachas... hay algunas que uno puede obviar, a las que se acostumbra, las que decide quedarse (aún sabiendo que nunca las va a poder cortar), y hay otras que de pronto hacen que el sweater sea imponible. Que te lo ponés y sólo pensás en ese pedazo de hilo roído que tiene colgando. Son el equivalente a una mega mancha de aceite que nunca nunca NUNCA se decidió a dejarse vencer por el trenet.
Y así estamos, en que el sweater es diviiiiiiino, hermoso, unos colores de no creer, suavecito, todo lo que quieras... pero tiene un pedazo de hilacha que hace que te de cosa ponértelo. Tampoco es que vamos a salir corriendo a tirarlo en el primer contenedor, porque uno sabe cuánto quiere a ese sweater... así medio chingado y todo supo vestirnos más que bien. Nos hizo vernos lindos, atractivos... nos acompañó en momentos inolvidables, PEEEEERO...

Ahora estaba pensando... Yo como sweater, ¿tendré muchas hilachas? Quizá estoy toda apelotillada y ni me avivé! Aunque creo que no, soy bastante ponible (no sean mal pensados). No vamos a negar que algún hilito que otro me cuelga, sí... pero me gusta pensar que son de esos hilitos "adorables" que le agregan valor a la prenda.
Mentira. Puedo ser re heavy y re jodida como todos, sí. Estoy llena de hilachas... pero LLENA, eh! Pero ninguna de tooooodas mis hilachas es tan gorda como ESA.
Sí, como esa que me hace pensar: Basta de este fuckin sweater!!!



Nota de R para los no porteñoparlantes:
Qué es la hilacha: no lo podría explicar mejor que acá http://www.srtk.com/club/blog/467/
Qué es el Trenet: un quitamanchas!

viernes, 4 de noviembre de 2011

La alquimia de la distancia

Hay una especie de alquimia en la forma en la que nos movemos unos con respecto a los otros, unos con los otros.
Si miramos un día ajetreado en una calle muy concurrida, vamos a ver toda una danza de cuerpos que se ajustan unos a otros, tomando la distancia justa, o al menos intentándolo. Un centímetro más cerca puede ser ofensivo, generalmente un error involuntario de quien no está acostumbrado a la proxémica de una gran ciudad. Obsérvenlo. Es un ballet coordinado, bastante exacto, casi automático. En el colectivo ya sabemos que si ambos están libres, vamos a elegir el asiento individual antes que el compartido. Sólo de vez en cuando alguien se atreve a cambiar el orden programado de las cosas y rompe el esquema tomando la decisión equivocada. A penas dos centímetros más cerca, a penas un milisegundo más apretando tu mano u oliendo tu aroma en un saludo casual. Está tan calibrada la distancia entre los cuerpos, los mínimos y los máximos, que basta muy poco (realmente muy poco) para que se desequilibre. Todos notamos cuando eso sucede, todos nos equivocamos alguna vez... todos nos arriesgamos alguna vez.
Quizá esta motricidad controlada que recreamos con nuestros cuerpos sea la ilusión de lo que quisiéramos ser capaces de hacer con nuestras almas. Pero en ese terreno etéreo y resbaloso de la emociones, no funciona el piloto automático. No hay sistema métrico que valga, ni convenciones sociales sobre las distancias requeridas o las distancias tope. A veces hay alertas, sí, pero son de libre interpretación. Algunos (pobres diablos) creen que hay manuales a los que atenerse, pero terminan fallando estrepitosamente.
Ahora bien, es más difícil encontrar la homeostasis de las almas que de los cuerpos. Somos más desordenados ahí, nos movemos con menos datos estadísticos, con menos conocimiento de causa. Nunca sabemos bien hasta donde.
Sabemos que a veces, la distancia nos ayuda a crecer. Si nuestros padres no la hubiesen regulado bien, hoy día estaríamos en el horno (bueno...sí, algunos están en el horno). Crecemos solos, cambiamos solos. Crecer y cambiar, o cambiar y crecer debe ser lo que sucede mientras aprendemos a manejar las distancias...o las proximidades.
Sé que para que mi hija crezca sana, debo permitir que se aleje un poco. Y en algún lugar de mi alma, esa idea se hace eco en mi cuerpo y me duele.  Me arde la mera sensación del aire que empieza a correr entre ella y yo.
Sé que para avanzar en mi vida debo soltar lo que fui en un momento y ya no soy más. Esa otra versión que quedó trunca, sin final. Me reconocí tanto tiempo allí que me cuesta entender que ya fue, que es parte de mi Historia.
Sé que para intentar algo nuevo tengo que correrme de lo seguro, de lo conocido, de lo que tuve siempre.   Y me da vértigo, me atrae y me aterra, indistintamente.
Sé que no puedo atar mi corazón a una soga y lanzarlo a través del continente. Pero mi alma late lejos, y luego cerca, otra vez lejos, lejos... La proxémica del amor es por demás compleja.
Aún no sé que será de mi cuerpo, mi alma y la distancia...