El fuego interno es como un ácido que degrada cualquier cosa y se hace camino a la superficie. La expresión de ese fuego se derrama aunque intentemos asfixiarla en un frasco de vidrio.
Somos lo que somos, una llama que arde a penas unos instantes... tan volátiles y tan fuertes, tan reconfortantes y destructivos.
Hoy siento placer porque aún desconociendo el motivo, me siento feliz, alegre. Quizá mañana cambie, probablemente, y me deje llevar por las condiciones cotidianas de la vida. Pero hoy, en este momento, creo que sólo saber que me brotan palabras del cuerpo es un motivo para sentirme bien.
Tengo hace días un caudal de pensamientos atorados entre pecho y espalda. Están esperando salir, y están haciendo pequeños orificios, como el ácido que les contaba antes.
Esperaba que todo ese mejunje estuviese más armado, tuviese forma de algo antes de entregárselo a ustedes, pero no. Se decidió a salir así como viene. Y es que a veces, cuando mi realidad se vuelve intensa e inesperada, cuando siento demasiado fuerte, mi cabeza se anula y sólo puedo captar y absorber, pero no ordenar ni sistematizar lo visto.
Así que pensé en escribir sobre algo que hace mucho que tengo en la punta de la lengua y que, bueno... no me animaba a plasmar en la pantalla. Y que no deja de ser, asimismo, esto que me deleito observando minuto a minuto.
Toda esta historia del fuego, se relaciona con una idea que tengo hace tiempo de que nosotros los humanos sólo somos en los otros. Ser en el otro significa que nuestra vida adquiere sentido en los otros con los que la compartimos... como si lo mejor de nosotros estuviese "depositado" en aquellos con quienes nos relacionamos. De hecho, creo que lo esencial de mi vida no va mucho más allá de eso, y con eso me basta... y me sobra.
Conectarnos, comunicarnos, acercarnos, alejarnos, vernos, mirarnos, olernos, amarnos. Disfrutarnos, soportarnos, buscarnos, desearnos, separarnos, tocarnos, lastimarnos, escucharnos, ignorarnos.
Quienes somos con los otros es lo que nos moldea tal cual somos. Porque nosotros permanecemos en el otro. Somos miles de municiones disparadas sobre los que nos rodean, y a la vez, somos lo que los otros dejaron incrustado en nosotros. Somos esculturas en permanente construcción, y el soporte son siempre las emociones y los sentimientos compartidos.
Y nuestra vida como fuegos es breve y eterna, al mismo tiempo, ya que nos alimentamos de las otras llamas, y sin embargo nunca dejamos de existir en ellas. Siento que arden en mí quienes se vincularon conmigo, y así viven también a través mío.
Ver este intercambio de luz y de calor en otros, también me aviva y me hace brillar. En el subte, caminando por la calle o en un supermercado... a veces soy un testigo silencioso que se hincha de grabar en su retina cómo los humanos se conectan entre sí. Es una sensación maravillosa... ver ese fuego que se escurre, indomable. También me llena de admiración y disfruto ver como los otros expresan este fuego con talento y creatividad en el arte. Y cada pieza artística, (desde una melodía hasta una pintura o una película) no es más que una partícula inmortalizada de este fuego, no?
Si bien este texto está lejos lejos de ser una pieza de arte, sí es un intento de inmortalizar un pequeño fragmento de este fuego que soy, SIEMPRE gracias a otros.
http://www.goear.com/listen/a4f49f8/light-my-fire-the-doors
Escribir este blog es como cuando escribía en el pizarrón del aula en el recreo: me genera esa ambigua y a la vez emocionante sensación de gusto al ser leída y miedo a ser descubierta.
martes, 20 de diciembre de 2011
sábado, 3 de diciembre de 2011
Músculo sano
Qué año surrealista, este. Al menos para mí, el 2011 fue como una big coctelera de metal (de las gigantes que tienen los barman), en la que se mezcló de todo y cambió la mano.
Uno nunca sabe cuándo va a pasar eso, ni siquiera si va a pasar... pero sabe que está la posibilidad, o cree saberlo. Generalmente uno no espera que la propia vida se caiga como una carpa de circo sin postes. Uno cree (siempre cree) que haciendo determinada cosa, que agarrando por acá, o trabajando en esto, o evitando esto otro, el resultado es maaaaaaás o menos manejable. Y es verdad. Más o menos...
Con todo esto tampoco es que quiero llorarles la carta de lo malo que fue mi año... NO. No podría decir eso, no podría describir TANTA cosa junta y arremolinada con una sola palabra, con un concepto tan escuálido.
La clave de mi año fue cambio. Y sí... el temido, temidísimo cambio. Ese y no otro fue el que entró de una y sin anestesia para remodelar mis interiores, y por qué no, un poco los exteriores también. Sabemos que el cambio y el crecimiento van de la mano, y que crecer duele (y cómo) y que patatín y patatán y todos los libros de autoayuda juntos. Sabemos, creemos, suponemos... pero a la hora de agarrar el timón en medio del cambio y sus briosas olas, no dejamos de implorar piedad y fruncirnos todos.
Se dice que luego de la tempestad viene la calma, y es cierto también.
Creo que las crisis son como una descarga eléctrica que nos tensa al máximo en todos los aspectos (intelectual, emocional y a veces hasta físicamente), y que cuando finalmente pasan sentimos el cuerpo blando, relajado, atontado... pero NUEVO. Al fin al cabo nos reinyectan de energía, algo similar a lo que pasa cuando hacemos el amor.
Y para mí, en ese "luego" vino el goce, el disfrute. El reconocerme sana y salva luego de la tormenta, el reencontrarme conmigo misma a pesar (o gracias) al cambio. El sentirme capaz y fuerte por lo que ya atravesé, y animarme a apostar aún más, a arriesgar más. Si total, recién medí mis fuerzas, y me dí cuenta de que superé varias pruebas.
Construí nuevas seguridades como palacios de naipes, y con ellas nuevos miedos a que se desmoronen. Pero no dejé de construir, no? ¿Qué otra cosa podría hacer, acaso?
Me asombra cómo a pesar de tanta vuelta de tuerca, de desengaños (o engaños) amorosos, de sentir que el corazón se me desintegraba como una marea de gelatina, aún así hoy día sigue latiendo intrépido y vehemente, como siempre. Y lo que es peor, soy tan capaz de entregarlo entero y sin preámbulos como lo hice por primera vez. No sé si lo digo con convencimiento o con resignación. A veces no vendría mal ponerle una herradura que lo protegiera un poco, no? Después de todo, si no lo cuido un poco yo... Pero soy más bien salvaje en ese sentido. No hay remedio, no... mi corazón tiene vida propia. Creo yo que ya me ganó de mano y no le puedo poner riendas a esta altura. Hasta se niega a relacionarse con la razón, ya que siente que limita su expansión y su galope desbocado.
Imparable, intenso, una fuerza bruta que arrasa con todo sin medir mucho las consecuencias ni preguntarse los porqués. Una máquina que marca cada uno de los pasos de mi vida desde que decidí romper la correa que la sujetaba, hace ya casi diez años. Un toro que sigue enfrentándose a las espadas del torero, sabiendo que quizá muera, pero en su ley.
Y creo que lo dejo ser, sin más, porque este corazón alocado que tengo, fue siempre el mesías de mis tempestades, que con su tesón y potencia "boba" me remolcó de las cenizas y me hizo resurgir como el ave fénix.
Uno nunca sabe cuándo va a pasar eso, ni siquiera si va a pasar... pero sabe que está la posibilidad, o cree saberlo. Generalmente uno no espera que la propia vida se caiga como una carpa de circo sin postes. Uno cree (siempre cree) que haciendo determinada cosa, que agarrando por acá, o trabajando en esto, o evitando esto otro, el resultado es maaaaaaás o menos manejable. Y es verdad. Más o menos...
Con todo esto tampoco es que quiero llorarles la carta de lo malo que fue mi año... NO. No podría decir eso, no podría describir TANTA cosa junta y arremolinada con una sola palabra, con un concepto tan escuálido.
La clave de mi año fue cambio. Y sí... el temido, temidísimo cambio. Ese y no otro fue el que entró de una y sin anestesia para remodelar mis interiores, y por qué no, un poco los exteriores también. Sabemos que el cambio y el crecimiento van de la mano, y que crecer duele (y cómo) y que patatín y patatán y todos los libros de autoayuda juntos. Sabemos, creemos, suponemos... pero a la hora de agarrar el timón en medio del cambio y sus briosas olas, no dejamos de implorar piedad y fruncirnos todos.
Se dice que luego de la tempestad viene la calma, y es cierto también.
Creo que las crisis son como una descarga eléctrica que nos tensa al máximo en todos los aspectos (intelectual, emocional y a veces hasta físicamente), y que cuando finalmente pasan sentimos el cuerpo blando, relajado, atontado... pero NUEVO. Al fin al cabo nos reinyectan de energía, algo similar a lo que pasa cuando hacemos el amor.
Y para mí, en ese "luego" vino el goce, el disfrute. El reconocerme sana y salva luego de la tormenta, el reencontrarme conmigo misma a pesar (o gracias) al cambio. El sentirme capaz y fuerte por lo que ya atravesé, y animarme a apostar aún más, a arriesgar más. Si total, recién medí mis fuerzas, y me dí cuenta de que superé varias pruebas.
Construí nuevas seguridades como palacios de naipes, y con ellas nuevos miedos a que se desmoronen. Pero no dejé de construir, no? ¿Qué otra cosa podría hacer, acaso?
Me asombra cómo a pesar de tanta vuelta de tuerca, de desengaños (o engaños) amorosos, de sentir que el corazón se me desintegraba como una marea de gelatina, aún así hoy día sigue latiendo intrépido y vehemente, como siempre. Y lo que es peor, soy tan capaz de entregarlo entero y sin preámbulos como lo hice por primera vez. No sé si lo digo con convencimiento o con resignación. A veces no vendría mal ponerle una herradura que lo protegiera un poco, no? Después de todo, si no lo cuido un poco yo... Pero soy más bien salvaje en ese sentido. No hay remedio, no... mi corazón tiene vida propia. Creo yo que ya me ganó de mano y no le puedo poner riendas a esta altura. Hasta se niega a relacionarse con la razón, ya que siente que limita su expansión y su galope desbocado.
Imparable, intenso, una fuerza bruta que arrasa con todo sin medir mucho las consecuencias ni preguntarse los porqués. Una máquina que marca cada uno de los pasos de mi vida desde que decidí romper la correa que la sujetaba, hace ya casi diez años. Un toro que sigue enfrentándose a las espadas del torero, sabiendo que quizá muera, pero en su ley.
Y creo que lo dejo ser, sin más, porque este corazón alocado que tengo, fue siempre el mesías de mis tempestades, que con su tesón y potencia "boba" me remolcó de las cenizas y me hizo resurgir como el ave fénix.
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